domingo, 3 de agosto de 2014

Quietud



 
Las mañanas abiertas en canal con una saturación de oro bruñido y un frescor primigenio prestos a desvanecerse sin aviso, pero al mismo tiempo, sin un mero atisbo de urgencia. Nubes a veces mortecinas y otras gallardas, aventuradas estérilmente contra el destello despiadado y cegador, triunfante en todo horizonte. Calles como mares en calma, provistas de la claridad quebradiza de los sueños, olvidadas al paso, al ritmo de los embates de mareas malogradas por desapercibidas. Tareas absurdas y paradójicas. A cada movimiento, su contrario, a cada lentitud, su diligencia. Allí huellas de cosas extraviadas, tal vez perdidas definitivamente; acá, los indicios de novedades tal vez extrañas, tal vez inoportunas, pero indicios al cabo. Un catálogo inagotable de insectos, sus zumbidos afanosos, sus existencias vigorosas y frágiles. Pájaros aturdidos, a medio viaje hacia destinos asombrosos. Flores y hierbas encendidas por el sol y abrasadas por él. Arroyos mudos. Pieles curtidas, encarnadas. Gritos de críos, silencios culpables de anciano.
Las tardes y su cadencia oleaginosa, su oleaje exhausto, su densidad punzante, febril en ocasiones, hendida de parte a parte por fastuosos, monstruosos epílogos, atardeceres de una demora equívoca. Luces como contraseñas, contraseñas como jeroglíficos, enigmas de tan inocentes e infantiles, herméticos. Promesas. Decepciones. La negrura de la noche. Y, entonces, el firmamento; como un inmenso cedazo inverso, opaco, sólido y cóncavo atravesado súbitamente por ráfagas de pura luz radiante y fugaz, mensajes inescrutables de un dios desafecto y remoto. Fragancias extrañas, irrepetibles y desasosegantes; y, en lo más hondo, resonancias de una ultratumba tan vaticinada como inocua, heraldos aún de un mundo otro. Languidez. Verano: el país de la morosidad, la estación estacionada, estática, la aestas. Y los verbos -todos ellos-, errabundos, detenidos, prescindibles.
Pero, de pronto, la guerra. Y el verano, en añicos. Y... maldigo.
(Publicado en La Nueva Crónica de León, el 2/8/2014)

domingo, 27 de julio de 2014

Cualidades



Ha sonado el despertador aunque no hacía falta. Me levanto, me aseo, me visto, desayuno y salgo a la calle. Camino hacia el trabajo y el frescor de la mañana envuelve mi sueño y se lo lleva lejos. Al llegar, encuentro tareas que acucian y algunos momentos para pensar unos minutos sobre ellas. Las saco adelante como puedo, a veces como quiero, y la mañana concluye sin sobresaltos. Regreso caminando a casa. Intercambio unas frases que suenan a eco y a nido. Como con desgana y me adormezco unos minutos. Me gusta. Es como desconectar el disco para que, al recomenzar, funcione con una ligereza que había perdido.
Esta tarde he de retornar al trabajo. Asuntos que debí resolver y no lo hice. El sol calienta a estas horas en que el estómago se afana, y para sortear el sopor me concentro en las ocupaciones. Acabo, por tanto. Me dirijo a casa, paseo al perro, que siempre quiere pasear y, mientras tanto, la noche se desploma sin ruido sobre todos nosotros. En la televisión gritan, gesticulan, matan, fornican, cocinan, interpretan meteoros que no han sucedido aún. Me voy a la cama. El sueño no ha de tardar, pues esta mañana rebosaba de cada poro de mi cuerpo. No sé qué ha sido de él, sin embargo. Aunque quizás...
A veces los días transcurren sin más, como tantos otros, y se despojan de calificaciones, de los adjetivos que condimentan su crónica y podrían distinguirlos bajo el curso del sol, del Naciente al ocaso. Prescindir de los adjetivos talla el mundo en facetas, convoca la acción, pero la ataja y la instala en casillas. Sin adjetivos, hacemos; aunque renunciamos a la cualidad y el carácter de lo hecho, impugnamos la apostura y el artificio de la realidad. Adquirimos una imperturbabilidad de máquina, una urgencia de misión que cumplir. Hay que recobrarlos, pero después de haberlos segado como la hierba del jardín. Después de cribarlos, pulirlos y engastarlos como un orfebre en la plenitud de su oficio. Son la conquista más arriesgada. Ups, se me escapó este…
(Publicado en La Nueva Crónica de León, el 26/7/2014)

domingo, 20 de julio de 2014

Parrafada



 
Desde los textos pretendidamente literarios a la salmodia administrativa, existe un humilde elemento codiciable cual botín furtivo, sea uno consciente o no de ese empeño, que contiene en su modestia gráfica la esencia de toda escritura, atesora el ritmo, la respiración y el latido y, al fin, gobierna las pequeñas cadencias del lenguaje, la sustancia que tonifica aquellos parlamentos que de inmediato reconocemos como dotados de alma, de esa sensación a veces tan inefable que embarga la lectura de un sólo párrafo y hace temblar cierta ilocalizada fibra en nosotros, un pálpito, como un instinto arácnido, indicador de lo auténticamente digno de ser releído aunque no seamos capaces de identificar su misterio, pues tal vez se trate, según sospechamos, de uno que no atañe a las palabras, a veces tan vulgares como las que usamos todos los días sin escogerlas, ni reside en una sintaxis corriente, en absoluto propensa a estructuras ocultas o ingenierías verbales, ni en conceptos arcanos o delicados con los que el autor se hubiera deleitado en sorprendernos o en revelarnos misterios sibilinos, y a la postre acabamos por barruntar que pudiera tratarse de una manera de caminar por las palabras, de taconear fuerte y resolutivamente como ahora está de moda, haciendo gala  de locuciones cortas y secas como disparos, como timbales de una melodía sincopada, o según la añeja fórmula de un tempo lento, por momentos maestoso, vertiendo en cada frase un largo caudal de términos e ideas, o quizás una sola pero adornada de muy diversas secuelas y revueltas para dejarla guarnecida y en camino hacia una posteridad incierta que sabemos falsa, ya que en ambos casos nos percatamos de que ese norte, brújula, desembocadura y manantial a un tiempo, guardián del espíritu de un discurso y pauta general del estilo, el tono y la forma, clave de su gracia, se cifra en la infinita modestia y sencillez de ese lugar al que deben llegar consumidos ya mis dos mil caracteres, o sea, este punto.
(Publicado en La Nueva Crónica de León, el 19/7/2014)

domingo, 13 de julio de 2014

Estiaje



 
Afuera hace frío, aunque llevemos ya tres semanas de verano. El parabrisas del coche se empaña nada más entrar como si absorbiera el calor del cuerpo, que tirita levemente al ritmo del motor removido de su letargo. El sol asoma, pero no calienta aún, perezoso. Los campos chispean en esta confusa estación, al filo de un amanecer resolutivo. Las carreteras están desiertas, pero no hay que fiarse, me digo a mí mismo para avivarme. La ciudad no madruga. Nunca lo hace y menos ahora, que los escolares han desaparecido. Las calles resuenan con eco de zapatos como relojes de pared (tic, tac) y cada sonido, cada movimiento, conserva aún la perentoria y tenue condición de un sueño, su tersura caduca de realidad inventada. Camino cuesta abajo a zancadas maquinales que más que llevarme, gravitan sobre un suelo esquivo (tic, tac); es un itinerario que conozco tan bien que ya no sé mirarlo.
En el trabajo la mitad de los compañeros ha dejado tras de sí un silencio más allá de la falta de bullicio y una suerte de aplazamiento de todo se ha instalado en pasillos que parecen pozos sin agua; todo puede esperar, nada es urgente o necesario, cabe hacer las cosas de otra manera menos apurada y azarosa. Aunque tal vez sea el madrugón. Necesito un café y bajo enseguida, apretando el paso de nuevo (tic, tac) hasta el local donde me conocen, me saludan, me atienden sin pedirlo y me dan la dosis exacta de conversación que no turba el sosiego de un local vacío, aún sumido en la modorra displicente de una noche de copas. Tengo apenas diez minutos. Cojo el periódico de la barra y lo ojeo con desgana. Soy consciente de que no enciende ni una sola de mis conexiones neuronales. En la página de opinión intento demorarme un instante... pero no, nada. Echo un vistazo al chiste y a la foto de contraportada. Lo cierro, lo pliego, lo poso de nuevo sobre la barra, respiro hondo y miro por el ventanal, hacia el día que se despereza definitivamente. Es verano. Quizás a mediodía haga calor.
(Publicado en La Nueva Crónica de León, el 12/7/214)

domingo, 6 de julio de 2014

Zumbido





Me gusta el periódico del verano. De repente se atenúa la molesta estridencia de las diatribas políticas y las furtivas inquinas empresariales y puede escucharse el rumor de noticias de verdad, de aquello que debiera preocuparnos. Reportajes sobre esa urgencia a gran escala que no tenemos tiempo de atender. Nos enteramos de la callada desaparición del pingüino emperador, síntoma del dramático deshielo; de que islas de plásticos de tamaño continental flotan en los océanos y son ingeridas por peces que los devuelven a la cadena alimenticia de la que formamos parte... O de que las abejas se mueren. A pasos de holocausto animal. Algo trascendental, no como las tonterías que de esa gente zángana que tanto prolifera y vocifera. Se mueren y nadie sabe por qué con certeza. Y no es poco, pues resultan imprescindibles para el buen destino de muchos cultivos, de la biodiversidad, del mundo tal y como funciona desde mucho antes del ser humano. Ese devastador profesional.
Tal vez no haya organismo más sofisticado y eficiente que una colmena. Actúa como un sólo individuo para la consecución de un objetivo con la dedicación tenaz de la causa más noble: la supervivencia de una comunidad sin perjuicio para ninguna otra. Virgilio dedicó un libro, el último de las Geórgicas, a cantar su admiración hacia estos insectos. Envenenadas por los pesticidas, diezmadas por el empobrecimiento de los ecosistemas, atacadas por nuevos patógenos, sea cual sea el caso, lo cierto es que las abejas y otros polinizadores naturales desaparecen de los campos. Y con ellos, el ser humano no solo estará más expuesto a un final menesteroso, sino también más solo. Sin “la solícita abeja susurrando” de la égloga de Garcilaso, añoraremos el zumbido que auguraba una cosecha fecunda, un tiempo de espera feliz, un verano venturoso. Haremos oídos sordos, una vez más, al aullido callado de un planeta que agoniza en nuestras manos. Y, mientras, atenderemos el irritable avispero de las otras noticias.
(Publicado en La Nueva Crónica de León, el 5/7/2014)

lunes, 30 de junio de 2014

Mcguffin



 
El mundo entero se vuelve un sostenido mcguffin. Así llamaba Hitchcock a la anécdota de la trama cuyo objetivo consiste en distraer la atención haciendo avanzar la narración principal; un hecho accidental que, de entrada, se ofrece decisivo, pero acaba por olvidarse a causa de su intrascendencia. Es el collar de perlas en historias de rufianes y el documento en las de espías, afirmaba. Pero no había que abusar de ese recurso. Y sin embargo, estamos rodeados de mcguffins cuya carga manipuladora los torna siniestros hasta el punto de que lo sensato, lo relevante, corre peligro de convertirse en el auténtico mcguffin. Cualquier ejemplo vale. En el Mundial de fútbol, enorme mcguffin metafórico y metonímico, la temprana eliminación de España en lugar de restarle punch, lo ha convertido en un mcguffin más puro, más notorio e irrelevante, comme il faut.
Otro caso. La ciudad, en fiestas (ese período mcguffin por antonomasia) se puebla de estos embaucadores artilugios. Pese al trasnoche, a las siete y pico de la mañana la calle Ancha se estremece con los berridos de una elevadora rodante; una tarasca mecánica coloca y riega geranios en los balcones de vecinos sacudidos en su reposo. Mientras, las baldosas crepitan, la ciudad se cae a pedazos, las obras del Palacio de Congresos siguen y el Emperador se vende barato. Un mcguffin de libro. Y así todo el día... Al atardecer abren casetas de feria con suculentas tapas frente a la asociación de caridad que da de comer a los desheredados de la ciudad. Nada raro: si usted hace una barbacoa con los amigos en estas fechas, seguramente aparezca en el programa de fiestas.
En fin, llega el verano -gran mcguffin- y me encuentro un poco perdido con tanta evasión y triquiñuela narrativa, no le pillo encaje en la antigua ilación de las cosas. ¿No les sucede a ustedes algo parecido? Necesitamos un mcguffin que haga progresar la trama, la escritura, la vida. Uno auténtico y memorable. Aunque luego no recordemos qué fue de él.
(Publicado en La Nueva Crónica de León, el 28/6/2014)

lunes, 23 de junio de 2014

Revisión



 

Llegó como llegan muchos inmigrantes, desde un rincón del oriente mediterráneo, pasando primero por Italia. Y vino para trabajar en un empeño de esos tan nuestros, de gente con ínfulas y sin mucho dinero pero gastado en cosas grandes y sin provecho. Allí fracasó, porque no fue entendido o porque simplemente no gustó, y debió buscarse la vida una vez más en otra ciudad, no muy lejos esta vez; una capital meseteña agarrada a un peñasco circundado por un río quieto, ahíta de casas apiñadas con sus blasones imperiales resecos al sol. Inopinadamente echó raíces en ella porque su obra allí sí encajó. Tanto que llegó a ser empresario y sus empleados trabajaron afanosamente para producir muchas de las exaltadas y reconocibles obras que le demandaban por doquier. Apenas las firmaba. Le pagaban mal. Gustó como para convertir en imágenes a una casta que lo escogió como supremo representante de su forma de ver el mundo, una forma alejada de la realidad, de tan sublimada, ilusoria, mística, delirante, ¿falsa?
Sin embargo, a su muerte, su empresa sucumbió con él y pocos siguieron o imitaron su sello personal, relegado a monotonías y estereotipos, fuera de la moda, cada vez más provinciano y segundón. Primero el desdén y luego, el olvido. Hasta que la rueda de los tiempos giró y hubo quien empezó a reparar en aquellas figuras imposibles, aquellos fingimientos, aquellas visiones. Y los creyeron el producto de una mente extravagante; de tan distinta, castiza y genuina; de tan extranjera, absolutamente nuestra. Hasta hubo quien pretendió que aquella originalidad era producto de un defecto, de una enfermedad. Y desde entonces, cada cual ha visto lo que quiere ver, como sucede siempre que, más allá de nombres u hombres, se ha construido un mito a imagen y semejanza de dos épocas, una pasada y la presente. Se llamaba Doménicos. El Greco. Hace cuatrocientos años que murió en Toledo, y este año todas las miradas confluyen una vez más en la suya. Que nunca es la misma.
(Publicado en La Nueva Crónica de León, el 21/6/2014)