domingo, 11 de septiembre de 2016

Rigodón



 
Lo dice la Real Academia: un rigodón no sólo es una contradanza (del inglés country dance, no piensen mal), sino que, además, tiene una curiosa acepción en el español de Filipinas, ese archipiélago cuyo presidente insulta a Obama a lo tabernario. “Acto presidencial en el que se cambia de puesto a un político criticado en lugar de destituirlo”, refiere la segunda acepción del diccionario. Muy ricamente. Igual podía haber dicho “soriasis, por el exministro expanameño, o hablar de las “puertas giratorias”, que, más que girar, abren solo para algunos. Pero la mención a una danza suena más elegante, más cortesana, más como el baile de momios en que derivan algunas carreras políticas. Y luego ofende lo de casta, como si no fueran un linaje de paniaguados y colegueo. Ni aristocracia ni meritocracia; una nepotecracia -perdón por el palabro- en la que no hace falta ser sobrino y los demás somos primos.
Dos glosas nada más. Con ser indignante la forma e indigno el designado, con todo, lo más grave fue la mentira: miembros del gobierno en funciones, presidente incluido, argumentaron que se trataba de un concurso público de funcionarios y era obligado resolverlo así. Mintieron. Segundo: resulta práctica frecuente en la administración española que se premie con prebendas a subalternos dóciles y acomodaticios elevados a cargos y carguillos donde posturear y servir de parapeto a los que mandan, amparando caprichos y arbitrariedades. Esos comisionistas de la mezquindad del poder, a menudo procedentes de un primer dedazo que perpetúan a golpe de riñón, constituyen una ralea intermedia de pocas luces y mucha ínfula. Con frecuencia no tienen otro oficio ni beneficio; pero, como los intermediarios de la economía, medran con el trabajo de los demás. Es el sector más engordado, en la administración y en la privada: jefes, asesores y listillos en general, mandones por delegación y un extenso etcétera de sueldazos. De ahí este rigodón, este ballo in maschera tan impúdico.
(Publicado en La Nueva Crónica de León, el 10/9/2016)

domingo, 4 de septiembre de 2016

Tomatina



A menudo, el calendario disfruta de frivolidades de jocoso dios olímpico. Por una de esas conjunciones astrales berlanguianas, este último día de agosto coincidieron las réplicas de los partidos al candidato Rajoy y la tomatina de Buñol. El primer acto de la celebración de la tomatina consiste en trepar a una cucaña enjabonada para alcanzar un jamón. Llevamos dos trepadores y el pernil sigue en su sitio. El primero no alcanzó porque no tuvo fuerzas suficientes y lo mismo pasa con este segundo, que (curiosa y cínicamente) reclama a aquel primero que le ayude, cuando él ni se movió entonces. Cosas de las fiestas, las rencillas de pueblo reverdecen.
Por su parte, Rajoy se comporta como quien acude a la tomatina (y al Congreso) a pasar el ratillo, un trámite, como quien se acerca en chanclas y bermudas a la pescadería a por media de rabas para la merienda. Todos conocemos tipos así. Se presentan en la refriega de la parranda con aire entre extraviado y un punto jactancioso (pasaba por aquí y no tenía otra cosa mejor que hacer, chicos), navegando al pairo en su íntima calma chicha, ataviado con mono de faena para que las manchas no importen. Tampoco le molesta ser el blanco de los lanzadores, con una media sonrisa de suficiencia. No esquiva ni una, y mira con hastío a un tomate pocho, a un rival pocho. Dame, dame, y llámame perro. Yo pasaba por aquí.
De tanto apilar consignas como cajas de fruta desechable, de tanto escurrir la realidad (y los tomates) como un estorbo, Rajoy se alza entre la masa embebida en pulpa roja con la apostura de un gigantón de feria que escupe pepitas a ambos lados. Rajoy, si piensa, no piensa en la fiesta, el alborozo y la refriega, sino en el momento de contar los tomates aplastados y calcular cuánto han logrado sostener el precio los que sí llegarán al mercado, su negocio. Rajoy mira más allá mientras recibe tomatazos porque su reino no es de este mundo. Él habita el mejor mundo de los posibles… si eres Rajoy. Feliz Navidad.
(Publicado en La Nueva Crónica de León, el 3/9/2016) 

domingo, 28 de agosto de 2016

Cuentos



 
No hay nada nuevo bajo el sol, aunque bajo el sol todo brille como si fuera nuevo. El verano se adensa, y tenemos más tiempo y más paciencia para esa tarea entre friki y vintage de leer. Se descubre entonces, una vez más, que desde siempre contar suena con dos tonos primordiales, mayor y menor, y sus variaciones y mezcolanzas. Se es bíblico u homérico (de la Odisea, por supuesto). Se emplea un dejo apocalíptico y omnisciente que pretende aleccionar con voz vigorosa, o se cuenta la feria con vanidades personales. Se habla como si se conociera el mundo o sobre cómo conocerlo. Se posee la Verdad o se enreda con mentiras.
En la primera opción también hay engaños, claro. Gustamos del Génesis, con sus enfáticas metáforas de escala cósmica, o del Cantar de los cantares y su intimidad sensual, mística; pero cuando la Biblia se despeña por las farragosas instrucciones sobre cómo construir tabernáculos, arcas y otros cachivaches sagrados, parece que repasemos un catálogo de Ikea. Es lo que tiene ser Dios, resulta fatigoso que nadie perciba a la primera que los tornillos están contados. Le pasa a Ikea y le pasa a Melville con Moby Dick, en el momento en que se mete a naturalista: aburre. Bíblicos son a menudo García Márquez o los latinoamericanos en general (excepto, tal vez, los del Cono sur), marcados por la necesidad de recrear un continente con imágenes y semejanzas menos indecentes.
Personalmente prefiero el tono provisorio y facetado del hombre de mil argucias que fue Ulises, incluso cuando se encierra en el retrete, esa Ítaca fugaz. En esta opción todos son libros de viajes, interiores o no. Sorel, Gatsby, Huck Finn, Alonso Quijano… regresan de alguna guerra y nos cuentan la ira de los dioses contra su aspiración de reencontrar ese hogar que nunca tuvieron. Y que no existen, los dioses. A menudo parecen los extraviados durante el Éxodo, aquellos que sobrevivieron al diluvio sin subir al arca de Noé. Desde entonces, buscan su lugar en el mundo. Como todos.
(Publicado en La Nueva Crónica de León, el 27/8/2016)

domingo, 21 de agosto de 2016

Watusis



 
Este pasado lunes,15 de agosto, la ribera del Bernesga se pobló de gente empeñada en disfrutar una jornada festiva y veraniega: escuchar música, ver cine, beber y comer, charlar, sentarse en la hierba;esas cosillas. Como excusa (por si hiciera falta), tomaron por segundo año consecutivo la monumental novela del malogrado Francisco Casavella, “El día del Watusi”, cuyo argumento gira en torno a sucesos acontecidos en esa misma fecha. Que no hayamos leído la obra del barcelonés sitúa este evento a la altura de quienes celebran campanuda y protocolariamente el centenario del Quijote. Bueno, no. Ya quisieran.Nos enteramos del asunto por las redes sociales hasta que, un día, apareció en los medios de siempre, los periódicos. Primero, en la prensa nacional (El País); luego, con algo deresignación condescendiente, se habló de elloen la de aquí, que están muy ocupados.
Todo esto me sugiere lo que en su día debieron de ser los orígenes de la celebración de Genarín, mucho antes de que agonizase de éxito. En aquellos febriles años treinta, también un grupo de amigos, en plena exaltación de camaradería, decidió pergeñar laexégesis novelesca de la vida de un menesteroso y convertirla en excusa (por si hiciera falta) para una celebración apartada de tópicos, despojada de tanta ceremonia y solemnidad que arruinan cualquier manifestación colectiva pública.Más tarde, otras historias y, al final, la popularidad y el acartonamiento, acabaron por apuntillar la autenticidad de esa celebración. Algo así sucedería también con fiestas que en origen fueron espontáneas y hoy son mera liturgia y aparato oficial. Quizás el propio Watusi se funda en sí mismo como una bella estrella fugaz, o quizás triunfe momificándose en alguna concejalía y agostándose lenta pero inevitablemente. Pero por ahora disfruten, mientras el aire fresco la insufle, de los días del Watusi y agradézcanles a todos ellos (Yago, gracias) poder asistir al parto natural, sin cesárea, de una tradición.

lunes, 15 de agosto de 2016

Disfraces



 
Con indolencia veraniega, ojea uno las páginas refrescantes del periódico, las de las verbenas y fiestas populares, que van cayendo como perseidas, y se topa con gente disfrazada de romano o de medieval, dependiendo de cómo se aten la cuerda en torno a la sábana o la colcha con que se cubren. Y con mercadillos de productos romanos o medievales, dependiendo del tipo de letra, capital o cursiva, que luzcan los rótulos de sus tenderetes.
Salvo en contadas excepciones (en Vegas del Condado recrean los años de la posguerra, como si se añorasen), Roma y el medievo se han convertido en las imágenes especulares de nuestros pueblos, en una suerte de Edad de Oro dorada descafeinada y de falsete a la que cabe remitir cualquier gloria pasada, cualquier orgullo pretérito de esos. Como si no hubiera otras épocas históricas, o las demás fueran peores o más vergonzosas. Péplum o cronicón. Bien es cierto que se trata de Romas y medievos de capirote, entregados a arquetipos y caricaturas, un Astérix por aquí y un Capitán Trueno por allá, pero no lo es menos que todos los gobiernos de los territorios del país, regiones, autonomías y comarcas, han escogido también esos períodos, en especial la Edad Media, como una suerte de mitología identitaria improbable, y de ellos extraen aquello que les interesa (y que casi nunca es auténtico o verídico), dejando en la cuneta aquello de lo que nadie podría sentirse orgulloso. Se comportan como en las verbenas y fiestas: interesa la juerga, no lo serio. Para ganancia de mercaderes y promotores, por supuesto.
También debe de haber algo, una especie de acto fallido freudiano, en la elección de épocas determinadas para tomarlas como modelo, en demérito u olvido de otras. Quizás por ser tan lejanas, comprometen menos. Tal vez por haber adoptado formas de leyenda, prescinden del rigor y la duda que resultan de toda retrospectiva sensata. Pero, no estando de fiesta, en esos simulacros hay trampa. Y caemos en ella con demasiada alegría.
(Publicado en La Nueva Crónica de León, el 13/8/2016)